Yo entré en contacto con el mundo de los pedales – en concreto con la especialidad del descenso – hace mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo, y muy lejos de los montes de nuestra Galicia que nos rodean. Yo vivía en la provincia de Huehuetenango, escondido a más de 2300 metros de altura en la Sierra de los Cuchumatanes, a ocho leguas de la frontera con Méjico, y era feliz. Pero bueno… ¿quién no lo es con cuatro años, rodeado de amigos, y sin la menor preocupación excepto la de aparecer en casa antes de la cena? (Y a veces habiendo cenado ya tortillas de maíz y frijoles en casa de algún amigo sin confesarlo en casa) No teníamos televisión ni teléfono ni Play Station – a decir verdad, ni siquiera teníamos electricidad en el pueblo, ni guardería, ni zapatos en ninguno de mis amigos, ni NA. Pero éramos felices.
Mis padres habían venido del norte como lingüistas. El español era el idioma oficial, pero largos años antes que la llegada de los conquistadores, los de la zona hablaban un idioma maya, pero sin ser escrito. No tenía alfabeto ni gramática, ni … (empiezo a repetirme), pero la gente eran felices, aunque menos que los niños, y había momentos duros también y mucha enfermedad. Pero me desvío del tema.
Nuestra familia a veces íbamos a la capital cuando mis padres atendían conferencias con otros lingüistas para avanzar más en cómo descifrar el idioma para poder escribirlo mejor. Y el viaje no era ningún paseo. Para empezar, no llegaba ninguna carretera transitable a menos de 8 horas andando – bueno, más bien “treking” como se dice ahora. Luego 3 horas para llegar a “Chinabul” (el nombre de Huehuetenango en Jakalteco) donde pasábamos la noche, y después 6 o 7 horas en “carro” para llegar a Guatemala capital.
Allí conocí todo tipo de lujos. Comí helados, fuimos al cine, íbamos a unas piscinas de agua caliente al lado de un volcán... Y también mis padres nos habían comprado un triciclo rojo y azul. Pero yo tenía 2 hermanas mayores, y ellas mandaban sobre ese vehículo tan especial. Yo ansiaba algún día poder disfrutarlo yo solito.

Y un día llegó el momento de que mis hermanas se quedaron en Huehuetenango internadas en un colegio para “aprender”, y me dejaron como pequeño rey en solitario, con mi hermano pequeño como súbdito, siervo y amigo fiel. Y volvimos al pueblo para estar felices con toda la corte de amigos.
En esto, un día, mi padre tuvo que hacer un viaje, no sé por qué, a la capital. Y cuando volvió, trajo consigo el triciclo. ¡Gloria! Y yo el encargado, o sea, ¡el rey supremo! Ninguno de mis amigos descalzos jamás habían visto ninguna máquina parecida. En Jacalteko, todo tiene que caber en alguna categoría, y entonces eso quedó bautizado “ch’en triciclo”, o sea, “piedra triciclo”.
El único problema era que en el pueblo, no había calles propiamente dichas. Había una plaza de tierra batida en el centro delante de la iglesia y el ayuntamiento, y de ello salía un caminito medianamente llano durante 100 metros, pero después giró para trepar sobre piedras monte arriba entre las casas hacia el extremo del pueblo. Entonces con mi corte de amigos empujándome, nos fuimos a la plaza para dar mil vueltas.
Por todos es sabido que la necesidad agudiza el ingenio, y mis amigos empezaron a cansarse de empujarme a mí. (Yo no iba a soltar el manillar para nada). Así que alguien lanzó la feliz idea de empujarme monte arriba, y una vez allí, TODOS podríamos montar y aprovecharnos de la ley universal de la gravedad. Ninguno de nosotros sabíamos nada de la física, pero todos entendíamos bien la idea de energía potencial y aceleración por un plano inclinado descontando la fricción.
Y así empezó mi andadura por darle a los pedales y bajar los montes a toda pastilla. Y aunque no era realmente una bici, hacía falta agallas apuntar la rueda monte abajo. No tenía suspensión delantera ni trasera. No tenía siquiera frenos. Las ruedas no tenían aire – eran duras como las piedras – y los pedales no eran tipo automáticas. Ni guantes, ni casco ni 112. Y además, tenía a 6 o 7 compañeros montados conmigo, agarrados como podían, unos encima de otros, disfrutando más que de 10 entradas al circo.
Y lo que tenía que pasar pasó. No sé si fue al principio o después de muchos viajes. Pero después de pasarlo tan bien tan bien, en una de esas carreras locas, la máquina dijo ‘basta.’ Todos fuimos despedidos irrespetuosamente sobre las piedras como cualquier caída de hoy en día. Primero cada uno hacía inspección para asegurar que todas las piezas personales estaban en su sitio y encajaban más o menos bien. Después miramos la máquina… y se había partido el cuadro en dos. Sin remedio posible.
Yo era el niño más desconsolado posible ese día, tomándome el camino a casa, arrastrando las dos piezas de mi orgullo y felicidad. ¡Vaya! Pero cada día está lleno de nuevas posibilidades. El sol se levantó de nuevo el día siguiente y las cosas de “chapa y pintura” solo son eso. Ahora, por gracia, sigo disfrutando como un niño bajando los montes con mis amigos. Soy muy feliz.
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